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Erebus |
| Fantasmas, de Joe Hill |
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| Escrito por Andrés Díaz |
| Jueves, 05 de Noviembre de 2009 19:08 |
Título: Fantasmas Joe Hill tiene el poder y la habilidad de renovar el género de terror. De hecho, casi podría decirse que su nombre aparecerá junto a otros como Clive Barker, Stephen King, Richard Matheson, Rampsey Campbell o Robert Bloch. Su primer libro, Fantasmas (de nombre original Twentieth Century Ghosts) cosechó un increíble éxito de ventas y crítica y su segundo libro, El Traje del Muerto, esta vez una novela, remachó el éxito, aunando otra vez esos dos aspectos casi irreconciliables (favor de la crítica y del público en general), y demostró que Fantasmas no era un golpe de suerte o flor de un día. En España, tal vez por el miedo editorial a publicar antologías de relatos, se publicó El Traje del Muerto antes que Fantasmas, y ambos han resultado ser también éxitos de ventas y crítica en nuestro país. El éxito de Joe Hill es aún más de respetar ya que se trata del hijo de Stephen King, y él siempre ha tratado de ocultarlo. De hecho, para sus primeros admiradores Joe Hill era uno más del mundillo, no "El Hijo", y fue una sorpresa saberlo. Sólo se conoció cuando ya resultó imposible ocultarlo. Para un escritor de terror, vivir bajo la sombra del gran King puede ser una losa aplastante, si se quiere triunfar por méritos propios, o bien una gran ayuda si se quiere triunfar a cualquier precio. Joe Hill eligió el primer camino y lo ha recorrido de manera digna. El que un libro de un género tan minusvalorado como el Fantástico pueda levantar la ovación de los críticos literarios, siempre despectivos con estos asuntos, ya reclama la atención. Fue Chandler quien dijo que le encantaba ver a los críticos literarios sudando para alabar sus pulps policíacos. Esto no es para menos, pues la obra de Joe Hill rebosa calidad literaria. Su planteamiento del terror no es brusco ni frontal, ni sanguinario o visceral (aunque hay relatos en los que la sangre ciertamente salta por los aires, son los menos). La fuerte baza de este autor es el cuidado de los personajes, personajes tan reales como la vida misma, y cómo el terror les afecta. Las relaciones humanas están tratadas de manera impecable y son casi más importantes que el elemento sobrenatural. Los protagonistas no son héroes ni villanos, son gentes de carne y hueso con problemas, traumas, enfermedades y esa pizca de locura que todos llevamos dentro y que en momentos de tensión sale a la luz con resultados imprevisibles. En algunos relatos el elemento de horror es sobrenatural, en otros no (lo que demuestra que es más temible la mente humana, que la típica bestia del espacio exterior, el vampiro o el espectro). La mayor parte de las veces ese terror está más bien sugerido, se insinúa, no se exhibe en su totalidad y de tal modo el lector rellena con su propia imaginación las lagunas oscuras, lo cual lo hace todo más misterioso e inquietante. Hill, como se dice en el prólogo, cultiva el arte de la sutileza y rodea sus cuentos de un aura indefinible, oscura, mágica y desasosegante. Por otro lado, el título original es idóneo porque en este libro se refleja mucho de la vida cotidiana del siglo XX, entre las clases medias y bajas de Norteamérica, pero llena de emociones y sentimientos universales con los que el lector se siente identificado. En este sentido Joe Hill sí es tributario de su padre Stephen King, que revolucionó el género de terror al llevar el espanto desde los castillos de Transilvania, los cementerios y las catedrales góticas, a las gasolineras, las autopistas, los aparcamientos de supermercado, los pasillos de las escuelas y las habitaciones de cada hogar de clase media. Hill ha heredado la maestría en retratar lo cotidiano y meter ahí un elemento de terror que lo pudre y retuerce hasta convertir ese escenario mediocre en una pesadilla siniestra. Los cuentos del volumen suelen ser cortos, sin paja alguna, son directos y todos parecen redondos, sin que les sobre una palabra. Su temática es muy variada y va desde los psichokillers más repugnantes a la amenaza radioactiva con monstruo incluido de serie B, el vampirismo o el mundo espectral, e innumerables sucesos paranormales insertos en lo cotidiano, que casi recuerdan el realismo mágico de Borges. Hay una marcada ternura en todos estos relatos, incluso los más temibles, y abundan los personajes infantiles y adolescentes (otro punto común con Stephen King), pues a Hill parece interesarle ese mundo turbulento y problemático del paso de la inocencia infantil al duro mundo adulto. Sobre todo esto planea una sombra amarga y cruel que puede incomodar al lector, porque son raras las historias de final feliz, e incluso éstas son más agridulces, que dulces a secas. En definitiva, y por fin, tenemos una buena antología de relatos de terror. Andrés Díaz |



